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miércoles, 30 de mayo de 2012

DE OCA A OCA.......Y ¡HOY TAMPOCO TOCA!


De oca a oca… y ¡hoy, tampoco toca!

Si es que ya no dejamos nada al azar.
Yo después de 15 años de noviazgo y siete de catequesis matrimonial, me casé, como dios manda: por la Iglesia. Bueno porque lo manda Dios y María de las Santas Reliquias del Corazón de Jesús, que así se llama Ella. De apellido, simplemente Pérez.
Aunque le llamamos “Santa”, por acortar.

La de sorpresas que te da la vida. Horas antes de la boda, (no habría tenido días para decirmelo, digo yo) me llama para decirme,: “Tengo algo muy importante que confesarte sobre mí”.
Me temblaban las canillas, cuando por fin me soltó que era del O´pus. A mí aquello me sonaba a grano virulento y seborreico, y me asusté. Sí, llámenme ignorante. Consulté a mi sobrino que tiene 5 años pero es superdotado y me explicó que eso del O´pus es como una secta, pero legal, porque lo llevan los curas.
Y me tranquilizó.

Lo malo ha empezado después con la idea de Santa de la concepción, o sea, que mi mujer quiere tener hijos. Señaló que un tal Jose María, uno de sus jefes o escribano o algo así, exponía que “el lecho conyugal es como un altar” y aquello que mi Santa me venía repitiendo durante cinco años de matrimonio, noche sí y noche también:  “el fin de la sexualidad es la reproducción.”
De todos modos, al llegar a la cama ya se me habían ido las ganas.
Cuando rezas tres avemarías y un credo, antes del acto, la libido baja considerablemente.

Bueno, pues desde hace unos cuatro meses, mi Santa va y asegura que ya está preparada para tener descendencia. Y a mi, me dieron ganas de llorar de la emoción.
Craso error.
No dejó nada al azar. Y eso, jode.
Porque mis amigos, me felicitaban con un sarcasmo sin precedentes y coincidían en que lo mejor de ir a por un bebé, eran los previos, el calentamiento, vaya… y que por fin me iba a hacer un hombre.
Pero me quedé de un bloque, cuando esa misma noche, ni se había quitado el camisón largo, ni desabrochado el botón del cuello, no se busqué en vano algo que me diera una señal, un indicio pero nada de nada.
Después de la hora y media de rezos, me acerqué a ella, disimuladamente, intenté tocarle el tobillo subiendo ligeramente la tela, con mi pie derecho y me soltó: ¿se puede saber qué haces? A lo que respondí, que intentar ir a por nuestra descendencia, como manda el opus.
Entonces, lo sacó.
¡El maldito test de ovulación Predecible!. Según aquello-me aclaró- acababa de tener sus días fértiles, y hasta el mes siguiente, no tocaba.

Con semejantes argumentos, no tuve otra opción. Pero yo también tenía los míos: Ya no tenía sueño y solo quería divertirme un poco. Hacer algo distinto, juntos.
Ella me escuchó y finalmente sonrió, comprensiva.
¿Así que te apetece diversión, picaruelo? ¿Te apetece jugar un poco conmigo?
Mis ojos se salían de las órbitas y grité como un poseso: ¡Sí, sí, siiiiiii!

Se levantó de nuestro altar/barra/ lecho conyugal, y pude escuchar a lo lejos, el tintineo de hielos en los vasos. Puso música suave, la de los Panchos.
Me temblaban las manos al desabrocharme el pijama. Cuando llegó, yo estaba desnudo, y sin previo aviso, puso sobre la cama el tablero.
-         Pero… ¿qué es esto?- fue lo que acerté a decir.
-         La oca, me respondió.- Venga, ¿quién empieza?.



martes, 29 de mayo de 2012

MICRORRELATO PARA CONCURSO LITERARIO "una noche de insomnio..."


Una noche de insomnio y otra, y otra…”.
El vaho de sus propias palabras se confundía con la espesa niebla que envolvía su particular cementerio de sueños rotos.
Ya había estado allí muchas veces, desde la noche en que desapareció Daniela.
“Otra noche de insomnio… pero juro que será la última”.
Trató de esculpir en su mente un epitafio acorde para ese réquiem de las noches en blanco, tal y como le iba dictando su subconsciente.
Pero solo se le ocurrieron cuatro palabras: “Ya no puedo más”
Dispuesto a deshacerse de ellas, recogió las sobras de su etéreo equipaje: tres malas ideas, dos desilusiones y una pobre excusa. 

Todavía con el amargo sabor de esas tres últimas pastillas, se quitó los zapatos, sin prisa, y antes de lanzarse al vacío de su cama, rompió en pedazos la tarjeta de su psicoanalista.